Participate Translate Blank profile picture

La sociedad rusa, todavía dentro de la matrioshka

Published on

La desidia social perpetúa el poder de Putin. Solamente la oligarquía, la conjura de los boyardos, puede abrir la pasiva matrioshka rusa.

En 2002, Vladimir Putin reunió 6000 delegaciones que representaban a las 350 000 ONG registradas en Rusia. Putin afirmó, ante tal auditorio, que "sería contraproductivo y peligroso que el poder en solitario creara la sociedad civil. La sociedad debe desarrollarse sola, nutriéndose del espíritu de libertad.”

El cínico presidente tiene en sus manos a la sociedad civil rusa. Y la maneja a sus anchas como a una bailarina del Teatro Bolshoi. Comprender su consolidación como cabeza de una democracia hecha a su medida remite al análisis psicosocial de los cambios traumáticos de los últimos años.

Cambios vertiginosos para los que la sociedad civil no estaba preparada, y que, en primer lugar comienzan con la desovietización, pero que tiene otras vertientes como la revisión criminalizada del pasado comunista, la inseguridad ciudadana, el conflicto de Chechenia y la alianza, casi proverbial, entre la Iglesia Ortodoxa y el poder de Putin.

Desovietización y cambio de estructura social

En la sociedad comunista todo estaba asegurado. El “homo sovieticus” tendía al conformismo. Su energía no se empleaba en emprender, sino en conseguir los recursos mediante una red de contactos que incluía familiares y amigos próximos. Se perpetuaba, así, lo que se denominó normalnaya zhin, o vida normal, aspiración que, a pesar de los cambios estructurales que ha sufrido Rusia, parece aún arraigada en el subconsciente colectivo.

Esas redes familiares que se creaban contra el Estado para obtener el máximo beneficio posible del mismo (nunca para dinamitarlo o ponerlo en cuestión), impidieron un sentimiento de solidaridad común (por paradójico que pudiera parecer en un régimen comunista). Es ahora cuando han empezado a aparecer redes de solidaridad surgidas desde dentro de la sociedad civil, que tratan de implicar al conjunto de la sociedad en la construcción colectiva del futuro conjunto.

Inestabilidad sociopolítica en la transición rusa

A este cambio de estructura socioeconómica radical, hay que sumar otro factor: la revisión del pasado comunista. El proceso que aupó a Yeltsin a la presidencia denunció constantemente el pasado soviético y, en particular, los crímenes masivos de la etapa estalinista y posterior, llegando incluso a la perestroika. Esto tuvo un cierto efecto catártico en la sociedad rusa, que pudo descubrir por primera vez el verdadero alcance del periodo comunista.

A su vez, esto afectó a la psicología social rusa, provocando la terrible sensación de pérdida de raíces, el cuestionamiento de su pasado colectivo, y abriendo una dolorosa herida en la autoestima colectiva e individual. Paralelamente a estos procesos, Rusia perdía su estatus de gran potencia.

Si a estos factores sumamos, por un lado, la creciente inseguridad ciudadana, puesto que tras la caída de la dictadura y la reestructuración del Estado se generaron las condiciones de anarquía óptimas para la proliferación de las mafias; y por otro, el conflicto de Chechenia, que pendula entre los bárbaros crímenes de guerra del ejército ruso y los atentados terroristas de grupos independentistas chechenios, obtenemos un caldo de cultivo propicio para la ascensión y consolidación de un político autoritario como Putin.

¿Alternativas?

La llegada de Putin ha marcado una vuelta a cierta estabilización, favorecida por una mejora económica, tal vez coyuntural, pero perceptible. A su vez, Putin ha sabido penetrar y controlar las diversas capas de poder de la sociedad rusa, desde las estructuras de seguridad (Putin surge de la KGB) hasta las religiosas, con su estratégica alianza con Alexis II (responsable de la Iglesia Ortodoxa) en un momento de vacío espiritual aprovechado por la Iglesia para medrar en la sociedad civil. Su férreo control de los medios de comunicación y el caso Khodorkovsky, único oponente político serio, encarcelado por supuestos casos de corrupción, dejaron el camino despejado para su reelección.

Como señala Vladimir Gusinsky, fundador de la cadena de televisión rusa NTV, “Putin disfruta claramente del miedo que inspira. Y cuanto mayor es el miedo, más fuerte es su poder.” A su vez, señala que la espiral pseudictatorial en la que Putin está inmerso le está generando miedo al presidente: “Pero Putin también tiene miedo. Tiene miedo de la gente que le recordará por el baño de sangre en Chechenia, la eliminación de los medios de comunicación libres (…) Cuanto más fuerte es su miedo, mayor es la tentación de convertirse en un dictador de por vida o de formar a un sucesor que gobierne con mano de hierro.”

Del trauma psicosocial que sufre la sociedad rusa, es difícil que salga una alternativa al cambio político. La rebelión de las oligarquías se perfila como la única alternativa. La perspectiva de un régimen cada vez más autoritario y de un progresivo alejamiento de la UE y la ONU pueden ser factores aceleradores de la toma de posicionamiento de las oligarquías rusas. Sólo si superan el miedo a Putin y se unen estratégicamente podrán ser partícipes de esa renovación e involucrar al resto de la sociedad civil. Putin lo sabe y lo teme, y por eso forzó el encarcelamiento de su principal opositor y oligarca Khodorkovsky.