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La noche que seguí a un repartidor de Deliveroo

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En estos tiempos en que hacemos todo con el móvil, y con el invierno a las puertas, apetece cada vez más pedir comida a domicilio. Una moda de la que se está aprovechando Deliveroo para expandirse por Europa a un ritmo desorbitado, presente ya en más de 150 ciudades y 12 países, solo cinco años después de su creación en Reino Unido. Un ejército de repartidores se han subido a las bicis atraídos por las condiciones de flexibilidad, pero cada vez se oyen más muestras de descontento por toda Europa. ¿Qué tienen entre manos estos riders?, se preguntan muchos. He seguido a uno durante su servicio para descubrirlo.

Las farolas se alumbran en Bruselas cuando Martin -nombre ficticio- desengancha su bici de un poste en la calle. Con casco, calentador de cuello, guantes y camiseta térmica de manga larga bajo su chaqueta de Deliveroo, se dispone a pedalear las calles durante varias horas. Como todos los domingos por la tarde, comienza su turno desde la puerta de su casa, donde hemos quedado. Dados los cinco grados de temperatura que refrescan la capital belga, he decidido que me vendrían bien mi chaqueta cortaviento y mi pantalón térmico. Armado de un reloj deportivo, una cámara de fotos y un pequeño cuaderno, voy a seguir a Martin durante sus repartos. ¿Aguantaré? No le escondo que estoy un poco nervioso.

No hay tiempo para charlas, el teléfono de Martin suena por la primera vez esta noche: primer pedido. Sin calentar, nos dirigimos rápidamente hacia el primer restaurante de la noche, a pocos minutos de distancia. Me resbalan los pies en los pedales pero consigo alcanzar a Martin unos metros después, cuando se para en un semáforo.

Las protestas del pelotón

Para poder trabajar esta noche de 6 a 10, Martin tuvo que reservar la franja horaria hace más de dos semanas a través de la aplicación de los repartidores. A sus 28 años, acaba de lanzarse como emprendedor y para llegar a fin de mes mientras que acaba de despegar el negocio, suele trabajar los domingos como repartidor para Deliveroo.

No perdemos el tiempo en el camino, nos subimos a algunas aceras para ganar unos segundos, pero respetamos siempre los semáforos. Nos cruzamos con otros riders, como los llama la compañía, fácilmente reconocibles por su enorme mochila cuadrada. En Bélgica, 2.600 repartidores trabajan para Deliveroo, 900 de ellos en el área de Bruselas. En este país, los repartidores pueden acogerse a tres figuras legales en función de su situación: los hay independientes, que pagan sus propias cotizaciones sociales, estudiantes “emprendedores”, exentos de cargas sociales hasta los 6.648 euros anuales de ingresos, y la figura ‘De Croo’, llamada así por el ministro que la promovió, creada en 2017 en especial para la “economía colaborativa”, por la que los repartidores que ganan menos de 6.130 euros al año se benefician de una imposición reducida.

"Si me pasa algo, no podré pagar mis cotizaciones"

Erwin, antiguo repartidor de Deliveroo.

Antes, los repartidores podían registrarse como empleados normales a través de cooperativas que se ocupaban de pagar sus cotizaciones sociales. La mayor de Bélgica, SMart, empleaba cada mes a alrededor de 900 repartidores para Deliveroo. Con la flexibilidad como pretexto, Deliveroo decidió en enero de 2018 que todos sus trabajadores de Bélgica serían independientes; se acabaron las cooperativas.

En ese momento, muchos repartidores decidieron dejar la compañía. “No me interesaba para nada. Si me llega a pasar algo, no podría pagar mis cotizaciones. Y sé que si pierdo dos semanas o un mes de trabajo, estoy jodido”, me contaba otro día Erwin, antiguo repartidor de Deliveroo, cuyo tatuaje en la mano de una bicicleta delata su pasión.

Lo mismo pensó Vincent, que también dejó Deliveroo el pasado enero. “Nos dimos cuenta de que si Deliveroo hacía esto, también tendrían poder para hacer otras cosas como bajar los precios de los repartos. Como somos independientes, no tienen nada más que decir: ‘terminamos nuestra colaboración contigo’. Y de eso ni hablar, no podemos estar a su merced hasta tal punto.”

Junto a otros riders descontentos, Vincent forma parte del ‘Collectif de Coursiers’ (Colectivo de Repartidores). En varias ocasiones han llevado a cabo acciones de presión contra la empresa, llegando a ocupar las oficinas de Deliveroo en Bruselas. Como parte de las reivindicaciones, repartidores de doce países se dieron cita en una asamblea en la capital europea el pasado 25 y 26 de octubre para debatir en talleres de reflexión y redactar una lista de reivindicaciones. Lo primero: exigen un salario mínimo garantizado a la hora. En la reunión también celebraron algunas de sus primeras victorias, como la de España de hace unas semanas: un ‘rider’ de Deliveroo fue considerado como “empleado” por un juzgado de lo Social de Valencia, concluyendo que se trata de un falso emprendedor. Tras haberle rescindido el contrato, la empresa ha tenido que abonarle una indemnización por despido improcedente. Una victoria que, sin embargo, es aislada. En Francia, por ejemplo, ningún repartidor ha conseguido aún que los juzgados condenen a Deliveroo. Sin embargo, también en el país vecino esto puede cambiar ya que el ministerio fiscal de París abrió la pasada primavera una investigación contra la empresa por empleo encubierto.

Por su parte, Martin sí decidió continuar trabajando con Deliveroo tras el cambio de legislación en Bélgica. Se acogió a la convención ‘De Croo’, por la que paga cotizaciones reducidas. De hecho Deliveroo le pagó una prima de 150 euros por ser uno de los primeros en firmar.

De restaurante en restaurante… y pedaleo porque me toca

Para nuestra primera entrega, llegamos a un pequeño restaurante indio. Nos piden que esperemos diez minutos. “Espero que no sea más”, me dice Martin. “Los restaurantes indios aún tira que te va, empaquetan bien la comida, pero las pizzas son lo peor. La salsa de tomate a veces se escurre por los bordes de la caja. Después soy yo el que tiene que limpiar la mochila”. Mientras que Martin entra a por su pedido, otro rider llega. Tiene unos 35 años. Le pregunto desde cuándo reparte. Con un tono desconfiado y acento extranjero, responde: “Desde hace uno o dos años, como todos”.

Con dos ‘currys’ a la espalda, atravesamos Ixelles a toda velocidad, un barrio de moda de la capital belga. Bajando la rue de la Brasserie, que está en pronunciada cuesta, superamos los 35 km/h, diez por encima del límite para bicicletas en la ciudad. Martin se sabe todos los trucos para ir rápido pero no tener accidentes: “No vayas demasiado cerca de los coches aparcados a los lados de la carretera, puede que alguien abra una puerta de repente [...], cuidado con los raíles del tranvía, se te pueden quedar atrapadas las ruedas y caerte”, me dice varias veces.

Tras diez minutos de sprint, llegamos a nuestro destino. Martin llama al timbre una, dos veces, pero nadie responde. Esperamos cinco minutos y decide llamar al cliente desde su teléfono móvil particular: “Buenas noches, es Deliveroo”. El cliente baja enseguida y la espera merece la pena, nos ganamos dos euros de propina. “Los domingos por la noche siempre me dan un poco más. Los que piden suelen ser familias jóvenes y parejas. Y cuando llueve y hace frío, la gente se siente culpable y me dejan un poco más de propina”.

Unos segundos después de haber indicado “enviado” en el móvil, llega otro pedido. Debemos recogerlo en Poki Poké, un restaurante cercano, pero la entrega es en Anderlecht, un barrio a más de 3 kilómetros de distancia. Para Martin es demasiado lejos y la rechaza en la app: “No me gusta la zona de entrega”. “Quiero quedarme en Ixelles, mi barrio. Es ridículo que nos hagan llevar un pedido a la otra punta de la ciudad, y después nos mandan todavía más lejos. Al final te encuentras a quince kilómetros de casa y aún tienes que volver”.

Menos de treinta segundos pasan y el móvil vuelve a sonar. Es para recoger y entregar en Ixelles. La aplicación nos indica también que ganaremos unos 7,50 euros por este pedido. Martin confirma. Bajamos una suave cuesta y llegamos al próximo restaurante en menos de cinco minutos. Empiezo a sentirme un poco más cómodo siguiendo la mochila verde de Martin.

Una vez llegamos, nos dirigimos directamente a una pequeña puerta trasera. Martin ya se la conoce porque le toca venir a menudo. Nos piden que esperemos entre cinco y diez minutos. Desde hace poco tiempo, Deliveroo incita no sólo a sus repartidores a ir a toda pastilla, sino también a los restaurantes: los repartidores pueden dar notas a los restaurantes y evaluar su puntualidad. Una herramienta disuasiva para optimizar el reparto.

Volvemos a la carretera para tomar de nuevo la rue de la Brasserie; esta vez hacia arriba. A pesar de la dura cuesta, recorremos los 1,7 kilómetros de trayecto en unos 7 minutos, paradas en semáforos incluidas. Me cuesta seguirle. “¿Venís en pareja esta noche?”, pregunta un cliente treintañero enfrente de la puerta de entrada. “Yo soy el que reparte. Él solo mira”, responde Martin, de buen humor.

Una vez más, bajamos la susodicha cuesta, para recoger una sola hamburguesa en Super Filles du Tram, un conocido restaurante entre los jóvenes. Cada comensal se deja habitualmente entre 15 y 20 euros, más los 2,50€ del envío. Con la hamburguesa en la mochila, volvemos a subir la cuesta, y me cuesta todavía seguirle el ritmo. En lo alto de la cuesta, Martin se para por primera vez para mirar el GPS en el móvil. No está seguro de cuál es la calle concreta a la que vamos. En pocos segundos está arreglado: “Derecha, izquierda”. Se conoce todas las calles por su nombre, lo que le ayuda a ir mucho más rápido.

El próximo pedido nos lleva a ‘Poule & Poulette’, algo así como “Pollo y Pollito”, donde nos dicen que el pedido no está preparado. “Pasa a menudo: los restaurantes aceptan todos los pedidos, sin importarles el tiempo que les lleve prepararlos”, explica. Martin informa que “la espera es demasiado larga” en la aplicación, rechaza el pedido y se dirige hacia el siguiente restaurante. ¿Te van a pagar por el trayecto recorrido y el tiempo de espera?, pregunto. No.

Acaba de perder diez minutos de trabajo por los que no va a cobrar un céntimo. Como indica Jeremias Prassl, profesor de Derecho de la Universidad de Oxford en su libro Humans as a Service (“Humanos como servicio” en español), “el coste del tiempo no trabajado se le imputa a los propios empleados, que además deben proveer las herramientas de trabajo y pagar el mantenimiento y los costes de funcionamiento”. Un modelo que los trabajadores aceptan cada vez más como algo normal, tanto que no lo ven como un inconveniente sino como la libertad para poder escoger su propio material y horarios de trabajo.

Por otro lado, los colectivos y sindicatos, compuestos a menudo por antiguos repartidores, denuncian la gestión completamente deshumanizada y las deplorables condiciones laborales. Para Jérôme Pimot, del colectivo de Repartidores Autónomos de París (CLAP), por sus siglas en francés) “están los mineros, los estibadores, y ahora están los repartidores. Somos los nuevos precarios”. El pasado 16 de noviembre, el CLAP invitaba los repartidores a concentrarse delante de los nuevos Delivero Editions, las cocinas que Deliveroo ha creado en la capital francesa, que siguen los gustos y tendencias culinarias de sus clientes; que conocen gracias a la gran cantidad de datos que reciben. El colectivo se manifestó contra la reducción de los salarios, los cambios en el contrato sin acuerdos colectivos y para que se reconozcan las duras condiciones que los repartidores sufren.

"Era mi primer trabajo de estudiante, me gustaba y era bastante práctico porque como había llegado a Bélgica hacía poco, no hablaba apenas francés, y así podía trabajar. Solo necesitaba una bici"

Nicolás, estudiante mexicano.

Algo que surge a menudo en las conversaciones es la facilidad de acceso de estos empleos. Las plataformas digitales como Deliveroo atraen a menudo grupos que tienen dificultades para encontrar trabajo, como las personas que no hablan la lengua local o los estudiantes. Para Nicolás -nombre ficticio-, estudiante llegado de México en 2017, era una oportunidad perfecta: “Era mi primer trabajo de estudiante, me gustaba y era bastante práctico porque como había llegado a Bélgica hacía poco, no hablaba apenas francés, y así podía trabajar. Solo necesitaba una bici”. Según los servicios de prensa de Deliveroo en Bélgica, más de 200 personas se inscriben en el portal de empleo en internet cada semana.

Cuando estamos a punto de salir hacia nuestro próximo restaurante, nos encontramos con un repartidor de Uber Eats que nos pregunta por una dirección en una mezcla de español, italiano y francés. El frío ha paralizado su teléfono móvil. A través de gestos, le indicamos que está en el sitio que busca.

Una pedalada extra para llegar a fin de mes

El día de trabajo se ha terminado para mí: tres pedidos repartidos y uno más en la mochila, listo para ser entregado. Los tres primeros pedidos nos han llevado una hora y diez minutos, en los que Martin ha ganado 23,70 euros. Calculamos que son unos 20 euros brutos a la hora, antes de descontar IVA y otros impuestos. Se corresponde bien con los 18,50 euros por hora que los repartidores ganan según Matthieu de Lophem, director general para el Benelux. Desde Deliveroo puntualizan que esta cifra incluiría incentivos extraordinarios a la inscripción que ofrecían en marzo de 2018, y que la cifra actual se acerca más bien a los 13 euros a la hora, más propinas.

No estaría nada mal, si consiguiéramos seguir el ritmo. Como Martin, los repartidores son a menudo chicos jóvenes en muy buena condición física. Además, muchos detalles pueden hacer que la jornada sea mucho menos rentable: las esperas imprevisibles en los restaurantes o a la puerta de los clientes, las condiciones meteorológicas, los incidentes en la carretera… Sin tener en cuenta que la demanda es muchísimo más baja fuera de las horas punta.

Calcular un salario medio en base a nuestra experiencia no sería representativo ya que, al final, las ganancias varían mucho según cómo se den una serie de factores incontrolables. Pero la compañía puede contar estos ejemplos lucrativos para darse publicidad: pueden decir que el rider ha ganado 30 euros en una hora tras haber entregado cuatro pedidos, con sus respectivas propinas.

De aquí para allá por Bruselas

Cuando pregunto a Martin si ve a menudo gente que ejerce a tiempo completo como ‘rider’ Deliveroo, me responde: “Sí, se les reconoce. Llevan deportivas de ciclismo, máscaras y bicis de carretera. Te miran un poco por encima”, dice mientras con un ligero gesto de burla.

Al final, le pregunto qué le parece este sistema. “Para ganarse la vida, el modelo no es justo”, reconoce. “Pero no es distinto de ser un autónomo normal, que no tiene vacaciones pagadas y no tiene la seguridad de tener trabajo al día siguiente”.

Para él, es una forma de completar sus ingresos que le viene bien. Pero para muchos repartidores que desean ejercer a tiempo completo, es distinto. El placer de practicar su deporte preferido no compensa el riesgo de accidentes, las condiciones y los gastos de autónomos. Por ejemplo, si bien Deliveroo se vanagloria desde hace poco del seguro que ofrece a los riders, basta mirar los límites de reembolso en caso de accidente para ver que la cobertura es irrisoria. “Si te pasa algo y acabas parapléjico, te dan 100.000 euros ¡que no es nada! El seguro no se hace cargo ni siquiera de las lesiones en la espalda y el pecho”, denuncia Jean-Bernard Robillard, antiguo ‘rider’ y portavoz del colectivo de repartidores de Bélgica.

Con cierto cansancio en las piernas y unas agujetas que me van a durar varios días, llego a casa. Dejo a Martin tras una hora y media de seguimiento, en uno de esos primeros domingos de otoño en los que se hace de noche pronto. Me deshago del casco y mis capas de ropa y me siento en el sofá. ¿Me quedarán fuerzas para hacerme la cena? Con lo cansado que estoy, no estaría mal pedir una hamburguesa a domicilio… Lo que sí tengo claro es que dejaré propina.


Imagen de portada : (cc)joncrel/Flickr.

Translated from Ma soirée avec un coursier Deliveroo

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