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Eslovenia, Austria y Alemania: la odisea de la salchicha Krainer

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Lifestyle

Para el ojo inexperto, las salchichas Krainer se asemejan a cualquier otro producto derivado del cerdo. Sin embargo, hace unos años este simple embutido desencadenó una batalla internacional en torno a él que amenazó con engullir Europa central. 

En marzo de 2009, el Gobierno esloveno cursó una petición ante la Comisión Europea solicitando que la salchicha Krainer (kranjska klobasa, en esloveno) gozara de un marco de protección. Esta distinción, de la que ya disfrutan joyas culinarias como el queso gruyer, el whisky escocés o la empanada de Cornualles, significaría que solo las salchichas Krainer producidas en Eslovenia podrían ser vendidas bajo tal denominación.

Esta noticia fue difícil de digerir para Austria y Alemania, reyes indiscutibles del mundo de las salchichas, que recurrieron ante la Comisión Europea alegando que Krainer es un nombre genérico utilizado en ambos países para varios productos derivados del cerdo. A esta mezcla explosiva también se adhirió Croacia al argumentar que esta salchicha era igual de popular al sur de la frontera eslovena.

El ambiente pronto se enrareció. “No vamos a permitir que nadie nos quite nuestra Krainer”, declaró Niki Berlakovich, ministro de Agricultura austriaco. Josef Bitzinger, de la Cámara de Comercio de Viena, lo respaldó e insistió en el hecho de que “renombrar este apreciado producto es simplemente imposible”. En un notable acto de cooperación interdepartamental, el Ministerio de Agricultura y la Cámara de Comercio unieron fuerzas con la Oficina de Patentes austriaca para demandar a Eslovenia. Impertérritos, los eslovenos devolvieron el golpe. “Todas las pruebas están de nuestro lado”, afirmaba un desafiante Franc Bogovic, ministro esloveno de Agricultura y Medio Ambiente. Tras casi seis años de litigios burocráticos, la Comisión Europea finalmente ha concedido a la kranjska klobasa un estatus de protección, aunque con la condición de que otros países puedan continuar utilizando el término Krainer.

Resulta fácil permanecer ajeno a todo este drama, sobre todo porque soy vegetariano y las descripciones de la “jugosidad exquisita” de las salchichas me provocan ligeras náuseas. Pero el carácter histriónico de esta historia es muy habitual en las políticas alimentarias, uno de los frentes emergentes en la batalla global por el “poder blando”. Pensemos en otras contiendas que están teniendo lugar actualmente: Líbano frente a Israel en el debate sobre la creación del hummus, Australia contra Nueva Zelanda por la invención de la tarta pavlova o la batalla a tres entre Chile, Bolivia y Perú por el origen de la patata. Estas confrontaciones alcanzan a menudo proporciones surrealistas, como cuando Nueva Zelanda, en un arranque de alto contenido calórico, preparó una pavlova lo suficientemente grande para alimentar a diez mil personas o como cuando Corea del Sur lanzó kimchi al espacio en un intento de desafiar a Japón sobre la autoría de este plato de verduras sazonadas.

No obstante, lo que subyace a estas políticas tan sobreactuadas es un negocio mayúsculo. Por ejemplo, los productos alimentarios y las bebidas en Italia, sin duda sus exportaciones más populares, aportan casi cuarenta mil millones de euros al año. En 2016, el país sacó partido a su venerada cultura culinaria con la World Wide Week of Italian Cuisine, un espectáculo gastronómico y diplomático con eventos en unos cien países. Más allá de Europa, China explota de una manera similar la fama mundial de su cocina para aumentar su reputación, reforzar lazos internacionales y presentar al mundo una imagen más afable del estado autoritario. Irónicamente, lo único que a menudo queda ensombrecido en la política alimentaria son los productos en sí. La cocina no suele celebrarse simplemente por lo que es, sino más bien por lo que representa. Como ejemplo ilustrativo, en ninguno de los variopintos argumentos sobre las salchichas Krainer se defendía que fueran especiales por su sabor: lo más importe era a quién pertenecían. Así, se han convertido en un suculento peón más en el tablero del espectáculo político.

Como los países buscan cada vez más ejercer su poder a través de una presencia cultural y no política, seguramente los asuntos alimentarios van a continuar siendo por ahora un tema candente. En particular, las discusiones gastronómicas proporcionan una zona de confort donde los países pueden exhibir músculo diplomático, aunque la situación puede llegar a ser desagradable, como sucedió cuando Reino Unido e Islandia iniciaron una contienda por el bacalao hace cincuenta años (increíble, pero cierto). Aun cuando esta historia de las salchichas Krainer parece haberse enfriado, otras tensiones culinarias ya están puestas al fuego por toda Europa a la espera de que alguien cocine la próxima confrontación política. 

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Este artículo ha sido redactado por David Mountain y publicado originalmente en Are We Europe: creando un relato europeo colectivo. 

Translated from The Krainer sausage saga

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