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Cuba: callejón con salida

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Cultura

La Habana es el centro cultural de una Cuba en la que todos tienen la posibilidad de producir, pero muy pocos la de expresar.

Una extraña mezcla de mango y gasolina impregna todo el ambiente. Así huele la Habana. La maltrecha y desteñida fachada de sus edificios señoriales alarga su decadente sombra en esta ciudad de contrastes, que esconde en el interior de su laberíntico entramado urbano pequeños tesoros. El mayor de ellos, sin duda, es el Callejón de Hamel, un enclave policromático en medio del gris y apagado barrio de Cayo Hueso: es el primer mural exterior dedicado a la cultura afrocubana.

Callejon de Hamel (Cuba) - Indianapolis Museum of Art

Ca(lle)jón de sastre

Este espacio multifacético sirve de canalizador de todo tipo de expresiones artísticas. Dibujos de santería -Orishas (santos), Nkisis (espíritus) y dioses- y estilográficos pensamientos existenciales, cubren las paredes de este pasillo comunal.

Escultóricas figuras escapan de la pared dando vida a los Niños de Hamel. Según cuenta la leyenda, entran y salen del callejón sin ser vistos, mientras juegan y se entretienen con las estructuras de materiales reciclados que visten la calle. Huevos de pascua que esconden líneas telefónicas, viejas bañeras espaciales que sobrevuelan nuestras cabezas, colosales tótems en busca del reino celestial o un omnipresente ojo mural que acecha las curiosas retinas…

El artista crea para su comunidad

En la entrada una caseta ofrece elementos de santería: semillas, collares, raíces y mejunjes. Esa creencia de la encarnación de los espíritus en la naturaleza nace de la religión católica y las deidades africanas, donde confluyen brujería, superstición y rituales. A ese mágico puestecito, le sigue el estudio-taller Merceditas Valdés. Es desde este santuario que el camagüeyano Salvador González Escalona levanta y ofrece su obra. La vocación artística de este escultor y pintor -que abreva en la tradición afrocubana- y su estrecha relación con el ser humano, hacen que construya desde hace más de 20 años una realidad para el uso y disfrute de la comunidad local, que sufraga con sus propias obras. “El objetivo de mi proyecto es brindar el arte creador al pueblo, porque forma parte de su propia identidad…”, nos comenta. Lejos de limitarse a las salas de exposición, el callejón permite, un sinfín de actividades educativas y recreativas, dirigidas ante todo a los más jóvenes. La comunidad organiza representaciones de teatro, lectura de cuentos, talleres de pintura y conciertos. El ritmo protagonista son los sones tradicionales cubanos (boleros, feeling, swing, danzones), que rememoran tiempos de inquietud política y esplendor musical.

Haz clic en el 'x' para ver más fotos del Callejón de Hamel (Fotos: ©Marc Paso Mateu)

Comunidad y Comunismo no son lo mismo

La filosofía mural en Hamel adquiere una dimensión nueva. A diferencia de lo que uno pude apreciar en las revolucionarias paredes y fachadas cubanas, el arte urbano propuesto por Salvador pretende mostrar valores éticos e históricos, a la vez que estéticos. La situación del arte en Cuba, tan a merced de los mecanismos de poder, se enmascara en promesas discursivas con aquello de “...dentro de la revolución: todo; contra ella, ningún derecho”. La “cúpula” disuelve cualquier intento de salirse del lienzo revolucionario, controlando sus cerca de 200 instituciones artísticas y la posterior producción de sus obras.

En 1989, se adoptó la organización de trabajos por Proyectos y Programas de desarrollo cultural. Así nació en 1990 el proyecto Callejón de Hamel. Coincidió con un momento de crisis en que Cuba quedaba aún más aislada del mundo al desaparecer la URSS. Esta iniciativa, junto con los proyectos El Callejón del Poeta, La Casa del Niño y la Niña, o el Taller de Transformación Integral, entre otros, aportan una opción artística y recreativa a la que se le atribuye el mérito de reducir la delincuencia juvenil.

Hamel, traficante y héroe

En un rincón, integrado en el mural, un anciano relata, si de una antigua historia de piratas se tratara, cómo nació y se formó este pequeño paraíso artístico: “Fernando B. Hamel, famoso traficante de armas franco-alemán de finales del S. XIX, tras intentar alcanzar Florida, llegó casi por casualidad a la costa noroccidental de Cuba huyendo de las tropas norteñas de los EEUU”. Hamel se estableció cerca de la entonces modesta población de La Habana, en donde poco a poco fue erigiéndose en un respetado y próspero hombre de negocios. Estableció una pequeña fundición y una colonia en la que sus trabajadores -africanos y chinos en su mayoría- disfrutaron de confortables viviendas, algo inusual en la época. Tras la crisis de 1929, Hamel lo perdió todo y desapareció sin dejar más huella que la del recuerdo.

Fotos de ©Marc Paso Mateu)