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Cuando pensaba que mi startup iba a cambiar el mundo

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Convencida de que yo sola podía solucionar el problema que tienen muchos universitarios para pagar sus estudios, me lancé de lleno a la puesta en marcha de mi startup. Poco después mis ilusiones se hicieron añicos. Y aprendí que el sentido de comunidad dentro de una empresa emprendedora podía lograr grandes cambios, incluso en el plano político.

“Me preocupa cómo tu generación descuida el lado político y prioriza el lado económico. Tu proyecto es interesante, pero quieres hacerlo demasiado rápido y decidir todo sola. (...) Pero los problemas sociales no pueden resolverse sin una acción colectiva. Una sociedad no se constituye de manera individual.” Estamos a marzo de 2016, cenando en familia en casa de mi abuelo, en las afueras de París. Hace casi un año que estoy montando mi startup junto a una socia, para ayudar a los estudiantes a financiar sus estudios. Es un proyecto complejo pero estoy convencida de que podemos modernizar el sistema de becas y préstamos para estudiantes. Sin embargo, aquella noche mi abuelo me dirá una frase que no podré olvidar fácilmente: “no vas a salvar el mundo creando una startup”.

Me llamo Laetitia, tengo 31 años y formo parte de la generación Y, a menudo calificada de individualista, impaciente y desilusionada. Aquella generación que ha descuidado la política y prioriza la economía o los negocios. Voto con poca convicción, no pertenezco a ningún partido político, ni a ninguna agrupación o sindicato. Y, sin embargo, me considero una persona comprometida. Presto mucha atención a lo que consumo, me inclino por productos orgánicos y locales, compro casi toda mi ropa de segunda mano, separo mis residuos, firmo peticiones y priorizo las alternativas sostenibles.

Como muchas otras personas de mi generación, pienso que mis acciones individuales ejercen cierto impacto sobre la sociedad. Se trata de una convicción que también intenté poner en práctica en mi vida profesional. Después de haber mirado en las instituciones públicas (ayuntamientos y ministerios) y de frustrarme con la lentitud burocrática y el peso de la jerarquía, pensé que tendría más influencia si creaba mi propia estructura. Y es así como terminé fundando What if Community en 2015, una Sociedad Anónima Simplificada (SAS, una forma jurídica francesa muy flexible y sin capital mínimo obligatorio) cuya misión es ayudar a los estudiantes a financiar sus estudios, sin tener en cuenta los ingresos de sus padres sino únicamente su potencial.

Desde aquella cena familiar, las cosas han cambiado mucho. Decidí abandonar mi proyecto después de 2 años de actividad, me mudé al sur de Francia, y me pasé del otro lado del mostrador: ahora ayudo a emprendedores a desarrollar sus proyectos. Sin embargo, desde hace algunos meses, la frase de mi abuelo no deja de resonar en mi cabeza.

La comunidad todo el tiempo y en todas partes

Casi todas mis jornadas de trabajo empiezan con las mismas palabras. Abro un expediente y leo: “Construimos una comunidad de viajeros(...), de foodies(...), de mujeres...”, o bien “el desarrollo de nuestro producto se apoya en nuestra comunidad (...)”. ¿La palabra del millón? La habéis adivinado: “comunidad”. Toda startup tiene una comunidad y todos pertenecemos a una comunidad. Basta con mirar los sitios de las startups más conocidas como Facebook, Airbnb o Uber. Mark Zuckerberg, Brian Chesky (director general de Airbnb), Travis Kalanick (director general de Uber), todos hablan a su comunidad y de su comunidad. El último de ellos, por ejemplo, se compromete “plenamente a hacer que el mundo progrese. ¿Cómo? Reinventando las ciudades, colaborando para que las comunidades se vuelvan más seguras (...)”. Y no solo funciona del otro lado del Atlántico, el término también prospera en Francia con marcas agroalimentarias como Michel & Augustin y su tribu, marcas de moda como Sézane, pero también con nuevas aplicaciones de financiación como Leetchi o Pumpkin.

“Con Makesense, se creó primero la comunidad y luego los productos, y eso marca la diferencia.”

Solène Aymon, empleada de Makesense.

Hoy en día, pareciera que es imposible tener éxito como emprendedor si no tienes el respaldo de la comunidad que has creado: “tu” comunidad. Y preferentemente, dentro de un ambiente que respete la tendencia cocooning. Cuando pertenecemos a una comunidad, ya no hablamos de volumen de negocios sino de “impacto”, ni tampoco de proveedores o de competencia sino de un “ecosistema”. Ni siquiera se desarrolla una operación, un producto o incluso una idea sin tener en cuenta previamente a su comunidad. Pero, paradójicamente, la acción emprendedora nunca ha estado tan individualizada. Sobre los escenarios de conferencias o en las portadas de las revistas, son siempre los mismos “héroes modernos” quienes cambian el mundo gracias a una aplicación.

“Un equilibrio para todo”

Y aquí vuelve a hacer aparición la pregunta de mi abuelo: ¿podemos responder a los desafíos sociales a través de un proyecto de emprendimiento personal? ¿Se puede montar un proyecto de este tipo asociándolo a una dimensión colectiva? Mi generación ha abandonado el mundo de la política para dedicarse a los negocios, que parecen ofrecer las mismas posibilidades para desarrollar ideas, pero de manera más concreta. “Estudié Ciencias Políticas en Burdeos (...), luego trabajé dos años en la Secretaría de las Naciones Unidas de Nueva York”, me cuenta Léonore de Roquefeuil, co-fundadora de Voxe.org*. Después de pasar dos años entablando colaboraciones con grandes grupos para promover el año mundial de la juventud, finalmente Léonore decidió marcharse de esta prestigiosa y burocrática institución para ponerse a la cabeza de Voxe.org, una startup cívico-tecnológica que busca dar más transparencia a las elecciones democráticas. Y no es la única. Muchos de mis amigos son emprendedores que han evaluado la posibilidad de hacer carrera en instituciones públicas antes de decidirse por el emprendimiento social. Al igual que yo, se desalentaron a causa de la lentitud con que se toman las decisiones, las jerarquías no siempre justificadas, el hecho de tener que negociar sus convicciones, entre otras cosas. ¿De qué sirve molestarse si hay un camino más rápido y accesible?

Solos vamos más rápido, juntos vamos más lejos”, este es el leitmotiv de la startup nation, y ya he olvidado la de veces que lo he leído, visto u oído en LinkedIn, Facebook, en las paredes de un espacio de coworking o durante una mesa redonda. Se promueve la inteligencia colectiva por todos lados, a través de pósteres atractivos que por sí solos pretenden dar vida al sentido de comunidad. Sin embargo, no podemos sino constatar que, en la práctica, se valora principalmente que las personas trabajen rápido y sean capaces de tomar riesgos. ¿Quién ha oído a un emprendedor agradecer específicamente a cada miembro de su comunidad por el éxito alcanzado? ¿Quién ha leído historias sobre el éxito de un emprendimiento en el cual se ponen los compromisos en primer plano? ¿Quién ha visto uno de estos colectivos en la portada de una revista para rendir homenaje a la acción emprendedora?

La realidad es que resulta difícil encontrar ejemplos de startups que hayan podido conformar una verdadera comunidad; es decir, un conjunto de personas que interactúen en un mismo espacio y estén unidos por los mismos valores. Yo solo conozco una, Makesense, empresa social fundada en 2011 por Christian Vanizette y Leila Hoballah con la ambición de conformar una comunidad de ciudadanos, emprendedores y organizaciones que trabajen para resolver problemas sociales en todo el mundo. Y, aun así, a menudo Christian Vanizette ha sido considerado como el único responsable del éxito de la empresa por haber creado la idea. Una vez más, la idea y su promotor por encima de todo, como si la puesta en práctica del proyecto no dependiera de un equipo sino solo de él. El proyecto Makesense comenzó con un objetivo: conectar a emprendedores, a menudo alejados y faltos de inspiración, con ciudadanos voluntarios dispuestos a dar un poco de su tiempo para colaborar con un proyecto social. En fin, desarrollar vínculos y una comunidad. No fue necesario construir una enésima aplicación o una plataforma, Facebook y Google eran más que suficientes para lanzar el movimiento. “Para mí, nuestra principal ventaja es la comunidad”, me explica Solène Aymon, joven treintañera, coordinadora de la comunidad mundial, que trabaja para Makesense desde hace 4 años. “Con Makesense, se creó primero la comunidad y luego los productos, y eso marca la diferencia”, agrega, y esto explica que después de 7 años de existencia la comunidad siga siendo la principal protagonista de su proyecto. El camino que recorrieron es colosal. De un centenar de miembros en Francia, pasaron a 80 000 ciudadanos comprometidos en una decena de países en todo el mundo. Sin embargo, muchas veces estuvieron a punto de ceder a la tentación de proponer productos “a medida” para empresas y/o emprendedores. “¡Animar una comunidad es agotador! Hace falta mucha paciencia y convicción para mantenerla. Hay que encontrar un equilibrio para todo, para nuestro discurso, para la elección de proyectos y de los talentos...”

Esta capacidad de organizar una comunidad y de darle una dimensión colectiva al proyecto es posible gracias a la puesta en práctica de una gestión muy sólida. Para Solène, esto es indispensable: “No creo que la idea hubiera funcionado con un director general al mando de la empresa_”. De hecho, ya son cinco personas quienes dirigen Makesense desde el verano pasado y acaban de lanzar su “community board”, instancia compuesta por miembros de su comunidad a quienes se consulta y que participan en las orientaciones que toma la empresa. Esto “le da más transparencia a nuestros procedimientos pero no hay dudas de que lleva más tiempo (...) y requiere cambios en las posturas individuales”. Esto también nos obliga a replantearnos nuestras ambiciones. Hoy en día, el objetivo principal ya no es resolver problemas sociales sino que miles de miembros redescubran el sentido detrás del compromiso social.

Las startups no salvarán el mundo por sí solas

Durante los primeros pasos de una startup, la noción de comunidad suele ser real. Reunimos a personas que comparten las mismas preocupaciones, tenemos “miembros”, “embajadores” que nos ayudan a construir nuestra marca y nuestro producto. Intercambiamos ideas con ellos, contribuyen al proyecto y les asociamos con nuestros primeros éxitos. Todavía no hay dinero y juntos soñamos con lograr grandes cosas. Pero en cuanto el negocio pasa a un primer plano las cosas suelen cambiar, las relaciones con los “miembros” se vuelven más distantes, menos esenciales, y sus contribuciones menos necesarias. Un ejemplo elocuente es el de Airbnb, que en sus comienzos, en 2008, logró construir una verdadera comunidad de viajeros que compartía con sus fundadores un mismo entusiasmo por esta nueva manera de viajar. Luego, en 2011, Airbnb levantó un capital de 112 millones de euros y se convirtió en una empresa unicornio, es decir, una empresa valuada en más de mil millones de dólares. Entonces la comunidad se transformó en un instrumento de marketing. “Me di cuenta del cambio el día en que un viajero me llamó... ¡para decirme que no quedaba más champú!”, recuerda Caroline, emprendedora y usuario de Airbnb desde sus comienzos. Esa es la gran diferencia entre Airbnb y Couchsurfing, que es una de las pocas organizaciones que conozco que está en condiciones de reivindicar la existencia de una comunidad de miembros en torno a su proyecto. Y qué sorpresa: no hay dinero de por medio. Sus fundadores decidieron optar por una solución sin fines de lucro.

Pasa lo mismo con Voxe.org, iniciativa que desea que la información sea más simple y accesible para los jóvenes de entre 18 y 25 años y que intenta reconciliarlos con la política. El proyecto comienza con las elecciones presidenciales francesas de 2012, a partir de una web que compara los programas de diferentes partidos y busca aportar más transparencia al debate político. La idea funciona y pronto deciden adaptarla en otros países, pero para eso necesitan ayuda. “Apliqué los principios de gestión de la comunidad de Makesense”, me cuenta Léonore de Roquefeuil, sentada a la mesa de un café, en los locales de una incubadora de empresas parisina. “Después de crear un grupo de Facebook, tenía que formar a las personas para que pudieran implementar el comparador de programas políticos en sus países. En dos años, logramos desarrollar una comunidad que cuenta con un centenar de personas en 19 países de todo el mundo.”

“Si logramos cambiar la vida de miles de chicas en todo el mundo es porque hay un documento internacional que declara que los jóvenes y las jóvenes deben recibir una educación”

Léonore de Roquefeuil, fundadora de Voxe.

Pero tras el entusiasmo de las primeras victorias, Léonore y sus socios se dieron cuenta de que esta comunidad les imponía muchas exigencias. Los “bénévoxes” (nombre con que llamaban a sus colaboradores) reclamaban un lugar en la gestión de la organización, querían asistir a las asambleas generales y dar su opinión acerca del desarrollo del proyecto. “Era muy difícil mantener y animar esta comunidad porque estaba muy vinculada a la duración de cada elección”. Y, sobre todo, los fundadores de Voxe no querían asociarlos a la gestión, o al menos no así. Entonces decidieron dar un giro y desarrollar un nuevo servicio que les permitiría crear un vínculo más constante con los jóvenes, un chatbot con informaciones simples y accesibles. “Y así pasamos de una comunidad de actores a una comunidad de embajadores”, de los “bénévoxes” a la “Voxe squad”, de una comunidad voluntaria y comprometida a una comunidad seleccionada.

En resumen, el proyecto creció, se estructuró, se formó un equipo y, poco a poco, se adoptó un vocabulario que acerca a los early-adopteurs (los fundadores) a la comunidad de embajadores. Y aunque Léonore nos asegura que estos 200 miembros seleccionados tienen una influencia real en la línea editorial de su proyecto y contribuyen a su desarrollo, su equipo se parece más a un grupo de trabajo que a un colectivo abierto con un espacio y valores en común.

¿Hacia un nuevo modelo de startup o una nueva estrategia política?

Tomando algo de distancia, me doy cuenta de que hacía falta un exceso de ego para pensar que yo sola podía cambiar el sistema. Que el Estado y su dispositivo de becas no bastaban, que estaban mal adaptados y que eran poco eficaces, de acuerdo. ¿Pero que yo, por entonces una simple joven de 27 años, podía hacer algo mejor, incluso tal vez solucionar el problema, sola, con la única ayuda de mi determinación y creatividad y de mi comunidad? Complicado.

Ahora me doy cuenta de que las startups, por sí solas, no van a salvar ni la calidad del aire, ni la educación, ni el compromiso ciudadano, ni la acogida de migrantes o la gestión de residuos, o mucho menos salvar el planeta. Cuidado, no quiero decir que los emprendedores no ayudan a modificar el statu quo. Sus innovaciones son necesarias para la evolución de nuestra economía. Pero, para que nuestra sociedad evolucione, es preciso que estén asociadas a una acción política. Porque organizar una sociedad y formar parte de su comunidad no se puede lograr sin un colectivo y, en consecuencia, sin la lentitud de las discusiones, las dudas, las negociaciones, pero tampoco sin compartir valores y espacios en común.

¿Qué se puede hacer entonces? ¿Exigir que se replantee el negocio de las startups prohibiéndoles que hablen de “impacto” y de “comunidad”? ¿Dejar de elevar a los emprendedores a la figura de héroes que van a solucionar todos nuestros problemas? Repensar el modelo de comunidad equivale a repensar el modelo de nuestras startups. ¿Lo único que nos interesa es que las próximas empresas unicornio se creen en nuestro país? Uber es un unicornio, Airbnb es un unicornio, y si influenciaron nuestra manera de consumir, no considero que hayan contribuido a la construcción de una sociedad mejor. Porque su producto no es el fruto de una reflexión social sino de la voluntad de ganar más dinero. A nuestra generación le importa un comino la política, pero para cambiar las cosas es preciso involucrarse. “Si logramos cambiar la vida de miles de chicas en todo el mundo es porque hay un documento internacional que declara que los jóvenes y las jóvenes deben recibir una educación” me recuerda Léonore, convencida.

Los empresarios han querido hacer “política” cambiando la semántica y la forma, sin trabajar el fondo y el modelo subyaciente. Pero una startup no crea vínculos sociales, prefiere los tiempos cortos y solo involucra a un puñado de individuos. Si hoy en día muchos de nosotros queremos devolverle una dimensión colectiva a los emprendimientos, no podemos basar el éxito de una startup únicamente en el rédito económico, la sacralización de la acción individual e individualista y la utilización de una comunidad como la vitrina de su éxito. Todos nuestros problemas no se van a solucionar gracias a una fórmula mágica y en un mínimo de tiempo, ¡y mejor que así sea! Los logros más importantes suelen ser aquellos que se construyen a largo plazo. ¿Qué te parece, abuelo?


Ilustración: © Dorothée Richard

Translated from Quand je pensais changer le monde avec ma startup