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Criptopolítica: Telegram, Bielorrusia y las luchas sociales digitales

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Gisela Fernández

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El 24 de mayo de 1844, Samuel Morse mandó el primer telegrama de la historia, un mensaje que viajó de Washington a Baltimore y que contenía una cita bíblica del Libro de los Números: «What hath God wrought!» (¿Qué nos ha deparado Dios?). Hoy, más de un siglo y medio después, se habla de Telegram, una aplicación de mensajería y red virtual por la que viajan mensajes privados y noticias, a caballo entre el espionaje y el derecho a la información. En Bielorrusia, los activistas lo están utilizando para coordinar sus acciones frente al régimen autoritario contra el que protestan. Pero la conexión entre tecnología y movilizaciones en todo el mundo va más allá de este caso.

Hace meses que los ciudadanos bielorrusos se reúnen en Minsk y en otras partes de Bielorrusia para exigir que Alexandr Lukashenko dimita como presidente. En efecto, desde el pasado 9 de agosto —es decir, desde que Lukashenko, en el poder desde 1994, fuera declarado ganador de las últimas elecciones presidenciales— las protestas sacuden el país. Según una buena parte de la población y Svetlana Tijanóvskaya, rostro de la oposición ahora en el exilio, las elecciones fueron amañadas.

Ana* tiene 21 años y forma parte de la Asociación de Estudiantes de Bielorrusia: «He visto con mis propios ojos lo que sucedió los días 9 y 10 de agosto. Mi madre me pidió que tuviera cuidado y que no fuera. Pero ¿cómo no iba a ir? Por primera vez en mi vida, la noche de las elecciones vi granadas, gas y armas. Esta dictadura nos está robando nuestra juventud», explica. Por haber participado en las protestas, Ana se ha visto obligada a dejar su apartamento e incluso el país. Lo mismo les ha sucedido a muchos de sus amigos y compañeros, que están en la cárcel o «autoexiliados» en Lituania, Polonia o Estonia. «Salimos del país a toda prisa para que no nos detuvieran. Hace casi dos meses que vivo exiliada porque las autoridades me consideran un peligro público. Pero nunca he hecho nada que fuera ilegal».

Desde que comenzaron las protestas, más de 25.000 bielorrusos han sido arrestados o detenidos durante varias horas. Centenares de personas han resultado heridas en los enfrentamientos con la policía en las calles. El pasado 15 de noviembre, la policía de Minsk detuvo a más de 300 personas en un solo día. En resumen, el poder ha reprimido con firmeza las manifestaciones, que en gran parte eran pacíficas. Según informa el Washington Post, fueron 200.000 personas las que llenaron las plazas.

«Tengo 21 años. He visto a Lukashenko en el Gobierno durante toda mi vida: cuando iba a la escuela infantil, a secundaria, los primeros años en la universidad, cuando me gradué en Derecho. [...] Jamás he visto partidos políticos de verdad, elecciones sin fraude o una democracia sin tiranía. La normalidad en Bielorrusia es vivir sin pensar en la libertad. [...] Bielorrusia es un país sin ningún tipo de libertad», sentencia Ana. Y añade: «Quiero regresar a casa, y pronto. Sigue habiendo protestas en Bielorrusia, pero están cambiando de forma. Los bielorrusos no están dispuestos a aceptar que se les vuelva a robar la voz. Nos encierran 24 horas en la cárcel, nos pegan, inician procesos penales, pero nosotros seguimos luchando».

Con un acceso a internet limitado y una policía que usa granadas aturdidoras, gases lacrimógenos y porras, la sociedad civil y los activistas de Bielorrusia están utilizando métodos cada vez más «encriptados» e innovadores para coordinar su actividad. Para muchos de ellos, la respuesta es Telegram.

Telegram, adorado por los movimientos de protesta

Telegram, «la aplicación rebelde», apareció en 2013 en Rusia. Fue creada por los hermanos Nikolái y Pável Dúrov, los fundadores de VKontakte, que es una de las redes sociales más grandes y populares de Rusia y de los países de la antigua Unión Soviética. Desde sus inicios, Telegram se posicionó como un medio de comunicación fiable y seguro gracias a un sistema de chat cifrado que protege de la excesiva curiosidad de las fuerzas de seguridad, algo que está muy solicitado tanto en Rusia como en los países vecinos y que fue lo que convenció a sus usuarios. En aquel momento, Telegram era la única aplicación que utilizaba el llamado «cifrado de extremo a extremo», con mensajes que se autoeliminaban. Por desgracia, ese es el motivo por el que, además de los activistas que han sido bloqueados en Facebook, Instagram y YouTube, también los partidarios de ideologías extremistas —desde negacionistas de la Covid-19 hasta el mismo presidente Lukashenko y, en general, seguidores de teorías de la conspiración—, han encontrado un hogar en Telegram. Es el dilema social.

En los últimos cinco años, Telegram ha crecido a una velocidad considerable y en enero de 2021 alcanzó los 500 millones de usuarios. De media, cada día se registra un millón y medio de personas más. En Bielorrusia, los canales más populares cuentan con casi 2 millones de inscritos (eso en un país con menos de 10 millones de habitantes). En definitiva, parece que todo el mundo utiliza Telegram, desde los políticos de la oposición, que emiten comunicados de prensa, hasta los periodistas, que se intercambian información, pasando por los activistas, que buscan consejo sobre cómo actuar, defenderse y protestar.

Usar Telegram es ya un acto de protesta

«Hasta mis padres usan Telegram, algo que en sí mismo es una forma de protesta», explica Lavon Marozau, ex profesor universitario ahora activo en la organización juvenil bielorrusa RADA. Por desgracia, a causa de la situación política y de las restricciones impuestas a la libertad de asociación por el Estado, RADA fue disuelta en 2006 por decisión del Tribunal Supremo. Pero desde entonces opera de manera clandestina, como muchas otras organizaciones juveniles y de activistas que han sufrido represión por parte de las autoridades. En 2014, RADA registró una oficina técnica en Lituania para dotarse de seguridad legal y hacer su trabajo más transparente. «Hemos creado un formulario de Google, una especie de "lista de la compra personalizada" para cuando alguno de nuestros socios sea arrestado, donde se pueden leer cosas como «llévale comida a mi gato, tráeme aquellos libros o unos cigarrillos... Cualquier cosa que uno crea que va a necesitar cuando lo hayan encerrado en la cárcel». Por su anonimato y su discreción, Telegram es la herramienta perfecta para compartir información sensible dentro de colectivos y movimientos sociales. Todos los llamados «grupos de noticias» (canales temáticos o chats secretos con un temporizador para la autodestrucción de los mensajes) están cifrados. Para acceder a ellos hay que ser «una persona de confianza», conocer a alguien dentro del grupo y recibir una invitación. En definitiva, en Bielorrusia, Telegram es el hilo conductor entre multitud de redes y jóvenes activistas. Los integrantes de ciertos grupos, que preferimos no nombrar en este artículo, reciben cada día la última información urgente e importante: la liberación de amigos, las condiciones de las detenciones o el número de presos políticos o jóvenes activistas (147 en diciembre de 2020) recluidos tras las rejas del KGB, los servicios secretos de Lukashenko.

En un flujo semicontinuo de información, Lavon comparte crónicas de injusticia y violencia, pero también de esperanza e innovación. Los mensajes a menudo van acompañados de imágenes, testimonios y estrategias, unas notas o comentarios que, sobre todo, son una documentación independiente en un contexto en el que impera la propaganda: «No es una revolución, se trata de nuestro derecho a protestar, el derecho a decir semana tras semana que no estamos de acuerdo. ¿Cómo nos podéis ayudar más allá de nuestras fronteras? Basta con que expliquéis a vuestros amigos lo que ocurre aquí en Bielorrusia».

Innovación: de Telegram a la inteligencia artificial

Si Telegram es una herramienta fundamental en Bielorrusia, las luchas sociales y la tecnología parecen ir cada vez más de la mano de forma general. De hecho, un nuevo estudio de Forus, en colaboración con la Universidad de Lisboa, muestra cómo la acción de la sociedad civil está adoptando diferentes formas, con la innovación como parte esencial. «Uno de los mayores desafíos y preocupaciones para las redes de la sociedad civil es adaptarse a la revolución digital. No es de extrañar entonces que muchas de las innovaciones identificadas por los encuestados en el estudio estén de alguna manera relacionadas con las herramientas digitales y su uso: plataformas de aprendizaje en línea, uso de las redes sociales para campañas de concienciación o foros virtuales. La pandemia de la Covid-19 no ha hecho más que acentuar esta tendencia a sacar el máximo de las herramientas digitales para permitir la acción colectiva en un momento en el que las formas tradicionales de protesta y movilización no son posibles», afirma Ana Luísa Silva, autora del estudio.

En tiempos de la Covid-19, todo ello sucede también en países plenamente democráticos. En Lituania, por ejemplo, están surgiendo nuevos espacios de debate en línea. En Uganda se ha creado el Manifiesto de los ciudadanos para aumentar y apoyar la participación democrática. En Brasil, el Pacto pela Democracia utiliza «la tecnología como aliada para acercar a los ciudadanos a la política», en un intento de contrarrestar las tendencias de polarización que, paradójicamente, han creado muchas de estas herramientas digitales. En Portugal, la Academia del desarrollo ha reunido a diferentes actores (sociedad civil, empresas y universidades) para crear oportunidades de colaboración y aprendizaje conjunto. Y, por último, Nigeria y Finlandia, dos países muy distintos, miran hacia la inteligencia artificial para resolver los problemas relacionados con los conflictos territoriales, el cambio climático y las agresiones sexuales.

En definitiva, parece que las redes, los movimientos sociales y los ciudadanos están dispuestos a combatir la tendencia a que se construyan «burbujas de filtros», término acuñado por el activista Eli Pariser para el estado de aislamiento intelectual que se deriva de los resultados de los algoritmos que dictan lo que encontramos en internet. Existe una necesidad real de crear nuevos espacios de debate y poco importa si eso ocurre a través de Telegram o del viejo código Morse.


Este artículo forma parte de una colaboración con Forus Internacional, una red global de organizaciones de la sociedad civil que trabaja por la igualdad y la justicia. Nuestro agradecimiento a ABONG, Coordinadora, NNNGO, FINGO, Lithuanian NGDO platform, Plataforma ONGD, RADA, Belarus Student Association, Ana Luísa Silva y Lisbon School of Economics and Management por su colaboración.

*Ana: nombre ficticio para garantizar la seguridad de la persona entrevistada.

Translated from Criptopolitica: Telegram, la Bielorussia e le lotte sociali digitali