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Clim City: jugar a no matar el tiempo

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Juego, expansión, recreación, descanso, travesura. Muchos se empeñan en definir el juego como una actividad encastrada tan sólo en lo festivo, lo pueril y banal. Mientras tanto, el verdadero juego es siempre una actividad reglada y seria, rica y educativa.

Estos días aparece en el panorama lúdico educativo “CLIM CITY”, un nuevo juego en línea con el que la asociación científica de Burdeos pretende concienciar e informar sobre el deterioro en el medio ambiente y las consecuencias que ello nos acarrea a todos.

En la pantalla una región francesa con montaña, zona urbana y marítima de unos cien mil habitantes. El jugador ha de reducir, hasta dejarlo en un 25%, el gasto de energía y la emisión de gases de efecto invernadero. Para ello se dispone de un periodo de 50 años durante el que ha de actuar sobre instalaciones empresariales, ciudadanía y organismos oficiales. Se le ofrecen 250 acciones o posibilidades de comportamiento al efecto. Con comprensible lógica, tan pronto como se accede, el jugador debe actuar. Su lentitud o inactividad van en su contra.

Este juego nos brinda alrededor de 300 documentos escritos, visuales y sonoros que son un material de gran valor para docentes y alumnos, y que, además de consultarse, se puede descargar.

Daltonismo mental

La validez de este apoyo no resulta fútil en nuestros días en los que la sensibilización sobre el deterioro en el medio ambiente y el consecuente cambio climático son una preocupación en aumento que proclaman científicos, gobiernos y damnificados.

Sin embargo, no faltan quienes opinen de otro modo. El unionista conservador Sammy Wilson, ministro de medioambiente de Irlanda del Norte, acaba de fulminar una campaña de concienciación en su país sobre este tema, argumentando que el calentamiento climático no depende de la acción del Hombre. “Pura propaganda laborista”, asegura que contiene el corte publicitario censurado. Y es que, desde que el físico inglés John Dalton nos explicó aquello de que hay quien confunde los colores y ven el rojo como verde y viceversa, nos resultan explicables hasta ciertas posturas y declaraciones.

No obstante, y sólo con ánimo de ver la luz entre tanta humareda y toxicidad, uno debe preguntarse por qué siempre coinciden los mismos en semejantes cosas: Sammy Wilson, Vaclav Klaus, Berlusconi, Aznar, Mariano Rajoy y su primo… Menos mal que siempre nos resta una esperanza.

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