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Volver a las raíces: una Odisea franco-griega en familia

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Cada cultura da comienzo a sus historias de una manera diferente. La mía empieza tomando un vuelo en París y continúa a bordo de un coche familiar por las rutas del Peloponeso, hasta una aldea perdida en las montañas. Dos países. Dos culturas. Una travesía familiar que da forma a una identidad europea. Esta es mi historia.

“¿Y? ¿Qué prefieres? ¿Aquí o allá?”, me pregunta el hombre de ojos azules, de aire curioso, antes de darle un sorbo a la taza de café que acaban de servirle del briki, la típica cacerolita que utilizan tanto griegos como turcos. ¿Aquí o allá? Pregunta trampa, porque no existe una respuesta adecuada. Primera opción: “Aquí”. Diplomática pero demagoga. Segunda opción: “Allá”. En parte verdadera y potencialmente arriesgada. Pero sobre todo, ¿qué sentido tendrá para él ese “allá”? Aquí es su casa: Grecia, el trabajar la tierra, las escasas visitas de parientes que se han ido de la aldea, las idas y vueltas a la ciudad por razones familiares, médicas o administrativas... Mientras que ese “allá” no es más que un misterio lleno de interrogantes. París, visto desde aquí, queda muy lejos.

La tripulación

Hace menos de 48 horas que he salido de la Ciudad de la Luz para aterrizar en Atenas y más tarde tomar la carretera hacia Krioneri, la aldea donde nació mi abuela. Aquella mañana, es ella misma quien da ejemplo: se levanta con el alba para terminar los últimos preparativos. Aunque la aldea se encuentre a menos de 300km de Maroussi, localidad al norte de las afueras de la capital donde se criaron mi padre, mi tía y mis dos primos, el viaje que hay que hacer es comparable a una Odisea, nada más y nada menos. Cada vez que vamos, ya sea en Semana Santa, en verano o a finales de año, se pone en marcha un mismo ritual rigurosamente organizado. Los protagonistas de esta aventura son mi padre en el papel de capitán y mi abuela, que encarna por sí sola toda la tripulación: cumple las funciones de copiloto, cocinera, asistente para pagar el peaje, etc.

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De momento, mi abuela Katerina, cuyo nombre heredé según la tradición griega, se ocupa de la cocina mientras yo intento salir de la cama, los ojos aún pegados por la falta de sueño. En semejante estado, medio despierta, medio soñando, me pongo en modo “piloto automático” y me preparo para salir. La ropa, el cepillo de dientes. Dos días antes, había volado desde el aeropuerto Charles de Gaulle 2 hasta Eleftherios-Venizelos, con una escala interminable en Fráncfort. Por aquel entonces tenía 18 años y ya me parecía lejana la época en que solía viajar a Grecia a visitar a mis parientes con la credencial de “Unaccompanied Minor” colgada al cuello.

Mi padre aún vivía en Francia y solo volvía a su país cuando el trabajo se lo permitía, por lo general en invierno. Entonces, cada verano yo me quedaba un mes (en algunas ocasiones incluso dos) con mi tía Maria, mi abuela y mis primos Christos y Alexandros, que eran como los hermanos mayores que nunca tuve. Siempre me hacía falta un poco de tiempo para aclimatarme, pero después de dos semanas ya me sentía como en mi propia casa y, al cabo de tres, ya era una auténtica ellinopoulo. Es decir, una chica griega o, literalmente, “una hija de Grecia”.

A veces, mi madre, que era profesora de francés, nos visitaba durante las vacaciones y, sin quererlo, perturbaba el nuevo equilibrio que había logrado, esa vida prácticamente nueva a más de 2000 km de donde me había criado. Su presencia me hacía volver a mi vida *francesa y a su idioma que, al no practicarlo, se me olvidaba. Del mismo modo que solía olvidar luego el griego en cuanto volvía a París, la ciudad donde nací. El divorcio de mis padres puso fin a aquellos viajes a Grecia y dio inicio a una nueva etapa marcada por la vuelta de mi padre a su lugar de origen, terruño blanco y azul que jamás había tenido la ocurrencia de olvidar.

Un Volvo con muchas historias

Una vez vestida y bien despabilada, cargo mi maleta en el “porte-bagages” (palabra que a mi padre le costaba pronunciar), es decir, en el maletero del legendario Volvo blanco que ha protagonizado tantas hazañas. Sobre todo la de haber transportado toneladas de objetos durante todos esos viajes. Porque, además de las cosas que necesitamos para nuestra estancia en el pueblo, también llevamos bolsos, táperes y recipientes de todo tipo llenos de verduras, materias primas y demás provisiones... De modo que cuando terminamos con los preparativos, el coche familiar se parece más a un camión de exportación que a un coche ordinario.

Cuando el Volvo arranca, el reloj del salpicadero indica que son las siete menos cuarto. La luz rosada del alba comienza a asomar. Está todo listo y a tiempo: las maletas y los kilos de comida en el portaequipajes, mi padre sentado al volante, mi abuela de copiloto, yo detrás, entusiasmada con la idea de pasar unos días en la aldea. Sí, “La” aldea. Como si solo existiera una. Un origen*, un linaje, una aldea. En Grecia, esto es una verdadera institución: todos (o casi todos) tienen sus raíces en una aldea. Como el éxodo rural y la urbanización es un fenómeno más reciente que en Francia, la gente se siente más cercana al campo. En los días señalados del calendario ortodoxo, suelen verse multitudes de griegos viajando a su aldea en coche o en KTEL, el mítico sistema de autobuses que cubre toda la geografía del país.

Esta vez vamos para visitar a la hermana de mi abuela, a algunos tíos, tías, primos lejanos y demás miembros de una familia XXL tan diferente a la familia nuclear a la que estoy acostumbrada en Francia. Así que vamos para ver a la familia, pero también para respirar el aire fresco de la montaña, juntar leña para el invierno, asegurarnos de que el vino está bueno y que los barriles siguen bien llenos... para recordar buenos momentos, dar nueva vida a la casa, reírnos, beber tsipouro y comer mucho.

“Sí, “La” aldea. Como si solo existiera una. Un origen, un linaje, un pueblo. En Grecia, esto es una verdadera institución: todos (o casi todos) tienen sus raíces en una aldea.”

Un poco más de tres horas nos separan de Krioneri. Precavido, mi padre nos recuerda que hay que levantarse temprano para evitar los atascos. En un santiamén, logramos salir de Maroussi hacia la autopista del Ática, que rodea el norte de Atenas en dirección a Eleusis, ciudad famosa por sus misteriosos ritos en la antigua Grecia. No llevamos mapa ni GPS: conocemos el camino. O mejor dicho, ellos lo conocen. Para mis ojos de parisina sin carné, el recorrido se asemeja más a un laberinto caprichoso que a un itinerario coherente, dado que lo poco que conozco del territorio griego se limita a ciertos puntos dispersos donde se encuentran mis familiares.

Theleis kafè”, no tarda en preguntar mi abuela, sosteniendo el termo en la mano. Por aquel entonces, yo no tomaba café: la pregunta se dirige al conductor. “¿Quieres café?”. Su voz límpida rompe el silencio. Sin esperar respuesta, mi abuela comienza a verter el líquido hirviendo en una tapa en forma de taza. El perfume cálido de la bebida invade el aire del coche. Mientras mi padre bebe un trago, “la señora Rina” (como la apodamos a veces con ternura y respeto a la vez) saca un poco de dinero de su monedero para dárselo a mi padre a cambio de la taza vacía. Pasamos el primer peaje.

Los rayos del sol difunden sus destellos dorados a través de los cristales. Mientras que las últimas sombras nocturnas terminan de disiparse, a lo lejos se adivina la cima de una montaña. Despabilado gracias al café, mi padre nos señala con la cabeza una zona urbanizada, a nuestra derecha: “¿Veis esas construcciones?” Vemos desfilar un conjunto de edificios grisáceos. “Aunque no me creáis, hace no mucho tiempo yo venía a cazar por aquí”, sentencia desafiante. Ese “Aunque no me creáis” en realidad es para mí. A diferencia de mi abuela, yo no tuve la oportunidad de conocer Atenas antes de que se transformara en una aglomeración que concentra más de una cuarta parte de la población del país. Vuelvo a mirar las fotos de familia donde aparecen la casa de Maroussi rodeada de olivos, mi abuela tejiendo a la sombra de una higuera, su hijo montando en bici en una calle sin asfaltar: parece que estuvieran en pleno campo. Aunque le pese a mi padre, las construcciones han ganado terreno a una velocidad de vértigo.

Y fue justamente en la aldea donde mi padre aprendió a cazar de pequeño: becadas, perdices, faisanes y todo tipo de criaturas silvestres que más tarde se encargaría de cocinar con esmero para las grandes ocasiones. Algunos sabores e imágenes quedarán grabados en mi memoria para siempre. Como aquel “lago stifatho”, una receta de liebre con cebollas confitadas que mi padre había preparado para deleitar a sus invitados y sorprender a su padrino, quien también apreciaba mucho la carne de caza. Aún puedo ver la corona que formaban las cebollas y la salsa de vino blanco alrededor de la carne, como una aureola teñida de deliciosos sabores.

Estas imágenes terminan abriéndome el apetito, así que le pido a mi abuela que me dé un poco de café. Tomo una galleta de naranja y la sumerjo religiosamente antes de devorarla. Es una galleta casera, confeccionada por las manos de mi querida yaya, que transforman todo lo que tocan en una verdadera exquisitez. Juro que no exagero.

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La Odisea

Han pasado veinte minutos desde que entramos en la autopista. A 50 metros, otro peaje: salimos de Eleusis. De pronto, el paisaje se transforma. Durante unos 60 kilómetros, bordeamos el mar por la ruta que une Atenas a Corinto. Los letreros que indican los nombres de las playas -“Vardari”, “Kineta beach”- me recuerdan las excursiones de verano que hacíamos con mi tía Maria. A la derecha, la luz del sol resplandece sobre las rocas. A la izquierda, un horizonte azul.

Al acercarnos al Golfo Sarónico, mi padre comienza a narrar la batalla de Salamina en la cual (hace mucho mucho tiempo) las flotas griegas se enfrentaron a las persas. Después de estudiar Historia del Arte en la escuela del Louvre en los 80 y trabajar durante años como guía turístico en París, mi padre domina el arte de hacer resurgir el pasado con solo avistar un paisaje o monumento. “¡Los griegos eran menos numerosos pero eso no les impidió ganar la batalla!”, dice entusiasmado y sin ocultar su orgullo describe con su mano la hábil estrategia que utilizaron para acorralar a los persas. Las glorias pasadas son un consuelo para las derrotas del presente. Observo las aguas del golfo mientras escucho con atención este fragmento de historia que la escuela francesa nunca me enseñó. Mi abuela, que tuvo que dejar la escuela luego de la guerra civil de 1946, también parece escucharlo. Cada época tiene sus vencedores, sus víctimas y sus combates. Palabra de nieta.

Pronto divisaremos el istmo a través del parabrisas: una estrecha franja de tierra que une el Peloponeso a la Grecia continental. Imposible detenernos, no hay que perder tiempo. Atravesamos el canal de Corinto, que perfora el istmo de un extremo al otro. Vemos un barco en medio de la estrecha corriente de agua. Atrapada entre el mar Jónico al oeste y el mar Egeo al este, su situación me recuerda la mía: un culo sobre dos sillas, a caballo entre dos culturas. Francia de un lado, Grecia del otro. Transcurren algunos segundos. El istmo queda ahora detrás de nosotros, el Peloponeso a nuestros pies.

Volver a las raíces

Ni bien pasamos el istmo, todo parece cambiar repentinamente. Mi padre se relaja, mi abuela se pone más alegre y charlatana. Como si el mero hecho de estar cerca de la aldea les distendiera. Menos de dos horas antes de llegar, nada mejor que comentar la actualidad en Krioneri: las bodas, algunos nacimientos, muchas muertes, los proyectos inconclusos del pope (¿no tenían que terminar de restaurar la iglesia?)... Esta vez le toca a mi padre escuchar. Mientras la señora Rina sigue con sus chismes, noto una inflexión en su voz: lejos de la ciudad, va adquiriendo un acento más de campo. Para ella también, volver a la aldea es volver a las raíces.

Feliz como Ulises... El único que nunca tuvo la suerte de volver es mi abuelo, que ahora descansa en paz en el cementerio ubicado a la entrada del pueblo. “Papou Christo” tuvo que abandonar la ciudad anatolia de Esmirna por tiempo indeterminado tras la “Gran Catástrofe”, en 1923, cuando la Turquía moderna aún no existía. Pero eso ya es otra historia. Por el momento escuchamos cómo mi abuela nos cuenta entusiasmada lo que le pasó al hijo de la esposa de un pariente lejano, mientras el coche atraviesa una ruta bordeada de plátanos.

Después de pasar revista a la actualidad de la decena de familias que aún conservan vínculos con la aldea, debatir acerca de la honestidad del pope, preocuparnos por la sequía, los riesgos de incendio y la calidad de la cosecha de aceitunas durante el otoño, por fin llegamos a Nea Figalia, último enclave civilizado antes de llegar a la aldea. A partir de allí, tomamos una bifurcación y subimos por una ruta sinuosa hacia las montañas. El antiguo letrero que indica “Krioneri” no tarda en aparecer. Después del cementerio, el coche se detiene. La casa nos espera.

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Ni bien entramos en la casa, se escucha una voz ronca: “¡Riiinaaaaaaa!”. Después de pasarse la mañana trabajando en el campo, un hombre de unos sesenta años (un tío, según mi abuela) se acerca a duras penas ayudándose con un bastón. De inmediato, mi abuela adopta el papel de ama de casa y se precipita a la cocina a preparar un poco de café. El hombre toma asiento. Mi padre lo saluda antes de irse a seguir descargando el coche. Yo, en cambio, aprovecho la visita inesperada y también me siento mientras el agua del briki comienza a hervir. Después de preguntarnos por qué vinimos a la aldea, cómo va la salud de mi abuela y qué tal van los asuntos de mi padre, el hombre de ojos claros se vuelve hacia mí: “¿Y? ¿Qué prefieres? ¿Aquí o allá?”.


* En griego, el término “καταγωγή” (pronunciado “katagogi”) se utiliza para referirse al origen de una familia (linaje).

* La “Gran Catástrofe” (Μικρασιατική Καταστροφή) designa, tras de la guerra greco-turca de 1919, el intercambio de habitantes entre ambos países que produjo el exilio de 1,6 millones de personas, sobre todo de griegos de Asia Menor.


Ilustración: © Dorothée Froissard


Este artículo forma parte de una nueva serie exclusiva de Cafébabel dedicada a los viajes y al irremediable paso del tiempo. Buscamos historias de gente que ha viajado por Europa hacia su país de origen durante su juventud. Porque no hay nada más maravilloso que los recuerdos de infancia. ¿Tienes una historia que valga la pena contar? Envíanos rápido tu pitch a redaccion@cafebabel.com o a través del formulario de participación.

Translated from L'échappée belle : une Odyssée franco-grecque

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