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¿Un buen vino hay que pagarlo? Quizá no.

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"El vino hace la vida más fácil y llevadera, con menos tensiones y más tolerancia", decía Benjamin Franklin. Santas palabras, y no hace falta pedir un préstamo para seguir esta escuela de pensamiento: basta saber dónde y cómo buscar la botella adecuada para satisfacer vuestros sentidos.

Esto empieza en la infancia, con la cucharada de vino tinto que la abuela suele poner en la salsa de los tortellini con pimienta negra y queso parmesano. Un atentado a la salud infantil justificado al grito de "¡Porque crea sangre!", aunque es difícil entender que esto sirva -creencias de la abuela- para aumentar las defensas de los niños sin convertirlos -es una posibilidad- en pequeños alcohólicos en ciernes. De acuerdo que es en la edad adulta, ya libres y económicamente independientes (esto no siempre), cuando te adentras por primera vez en los pasillos del supermercado en busca de la botella perfecta. Al principio, no se suelen comprar vinos con una cierta fama enológica: las finanzas -ya se sabe- son lo que son, por lo que los mejores amigos de tu cena -la receta de pasta al horno de mamá- serán muy probablemente una botella de Verdicchio del 2014 que vale 1.99 euros en oferta y que está estratégicamente colocada cerca de la caja. Después, en la etapa de ir adquiriendo experiencia (y, con suerte, disponer de algo más de dinero) uno comienza a apreciar el vino como algo más sofisticado (o aceptable, según el punto de vista), frecuentando bodegas y enotecas en busca de la botella que tenga "algo más". Y es en este momento en el que los más curiosos e intrépidos, empezando a explorar las estanterías del local, se dan cuenta de que una compra de 20 euros (una barbaridad, comparado con el precio del Garzellino del supermercado Conad en la época de la universidad) es en realidad un acto de principiantes capaz de derrumbar cualquier autoestima y consideración personal del conocimiento de la materia, en comparación con una botella que valga cien o mil ____. Llegados a este punto y un poco  ingenuamente, todos nos habremos preguntado al menos una vez en la vida: ¿qué es lo que determina la diferencia de precio entre una botella de 4-5 euros y una de 200?

Leyes del mercado

«El precio de una botella de vino depende de multitud de factores pero, a medio y largo plazo, lo que lo determina mayormente es la ley de la oferta y la demanda, como ocurre con cualquier producto» explica Fabio Chinnici, profesor de Calidad en la Gestión de la Industria del Vino, curso impartido dentro del grado de Viticultura y Enología de la Universidad de Bolonia. «La oferta está claramente determinada por el volumen total de vino producido por la bodega, pero también por el volumen de vino producido con denominación de origen. También la técnica y la tecnología utilizada en los viñedos y en la bodega, respectivamente, juegan su papel: por ejemplo, la técnica de la agricultura biológica o biodinámica tiene un coste productivo más alto. Y esto sin hablar de la investigación y el desarrollo: la inversión es fundamental para mantener el sello de calidad, así como para interceptar las orientaciones del mercado y, en la mejor de las hipótesis, anticiparse a ellas». Por lo que respecta al consumidor, dos son los factores clave: los conocimientos que sobre el vino tienen las personas que lo beben y la eficacia de la campaña de marketing y comunicación de la bodega. «Con el aumento del conocimiento de la peculiaridad del producto, el consumidor es capaz de decidir si lo premia (pagando mucho) o lo penaliza (pagando poco o no comprándolo). La bodega, por su parte, promoviéndolo de manera eficaz transmite al consumidor una información en base a la cual este último puede o no hacerse una idea del producto y de su conveniencia o no de adquirirlo. Un buen vino puede no venderse si no ha tenido una mercadotecnia adecuada, y al contrario». ¿Un ejemplo? Basta pensar en el impresionante aumento del mercado del vino natural, biobiodinámico, pero también en la señalización en las etiquetas del  carbon footprint o huella de carbono, sin olvidar que la opinión de un experto catador altamente reconocido puede elevar a la gloria o hundir en la miseria un vino con un simple artículo en una revista del sector.

No es bueno lo que es bueno...

No es del todo correcto afirmar que «el vino que más cuesta es el mejor», y eso por una serie de factores. «El sabor no tiene que ser siempre directamente proporcional al precio de un vino», explica Chinnici. «Producciones limitadísimas de vinos procedentes de châteaux franceses [vinos elaborados con uva de viñedos -viñedos que pertenezcan a una misma propiedad- ubicados en la región de Burdeos] y botellas con decenas de años de antigüedad pueden alcanzar precios muy elevados, aunque las propiedades organolépticas que tengan no vayan más allá de una simple solución hidroalcohólica. En el caso de estos vinos, es innegable que el componente ligado al territorio de cultivo, a la tradición y a la "fama" incide sobremanera en el precio final». Por otra parte, hay que tener muy en cuenta que un "buen vino" es un concepto íntimamente ligado al gusto personal. «Un buen vino es aquel que te gusta. Es prácticamente imposible establecer una única definición de "buen vino". Por el contrario, algunos de los que comúnmente se consideran "malos" pueden ser del gusto de algunos consumidores". Un agricultor de una cierta edad, acostumbrado durante años al "vino hecho en casa», difícilmente se sentirá atraído por un vino más fresco y ácido, espumoso, apreciado sobre todo por un público más joven.

¿Supermercado o enoteca?

Una buena noticia, sin duda, es que no hace falta tener una botella de Brunello del Greppio di Biondi Santi en la bodega (precio actual de mercado: casi 500 euros) para poder afirmar que se bebe un buen vino, pero también hay que fijarse en el precio: «Por debajo de un límite del precio que podemos definir crítico (5-6 euros) la probabilidad de comprar vinos muy baratos aumenta de forma exponencial. Por el contrario, en la franja comprendida entre 5 y 10 euros es posible adquirir vinos con notables características sensoriales», afirma Chinnici. Pero también el lugar donde se compra tiene su importancia: «Si bien los supermercados garantizan la posibilidad de encontrar precios más asequibles, se corre el riesgo de un menor cuidado en cuanto a la forma de exponer esa selecta botella en las estanterías y en cuanto a la temperatura. Esto, desde luego, no es -o no debería ser- un problema en el caso de tiendas especializadas y enotecas: otra ventaja añadida es la atención prestada al cliente a queste variabili, fruto de la experiencia personal del gestor».

En definitiva, si beber buen vino es una prioridad imprescindibile para cualquier buen discípulo del dios Baco, también es verdad que lo que se bebe no es la etiqueta. Más bien, es una experiencia personal que seguirá siendo un mistero para cualquiera que nos rodea excepto para el bebedor. Como decía Salvador Dalí: "Los verdaderos entendidos no beben vino, degustan secretos".

Translated from Prezzo che paghi, vino che trovi. O forse no.