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Tras las botas de Stalin

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CulturaPolítica

Cincuenta años después de la Revolución Húngara de 1956, los monumentos emblemáticos de Budapest siguen revelando inseguridad, ¿qué significó exactamente todo aquello?

En el centro de Budapest, hay un monumento de varios largos rectángulos de hierro que van forman do un sólido bloque cuyo diseño tiene un aire de Rodchenko: un laberinto de hierro en el que perderse. El grupo I-ypszilon quería disponerlos como una multitud, un torbellino masivo, lo opuesto a las disciplinadas tropas soviéticas. Sin embargo, se muestra una continuidad de la estética soviética.

“Para nosotros, 1956 simboliza la libertad. Un momento brillante en nuestra Historia que fue reprimido durante treinta años por la dictadura de János Kádár.” El grupo artístico I-ypszilon es el creador del último monumento a la Revolución Húngara y tiene bastante claro el significado de la obra. Otros, no están tan seguros. Las recientes protestas contra el Gobierno, que coincidieron con el aniversario de la revuelta, vieron a grupos de derechas reivindicar ser los herederos del legado.

Cuando el comunismo empezó a desmoronarse en 1989, el Gobierno intentó posicionarse como la culminación de lo que fue, después de todo, un movimiento de reforma. Quedaban atrás treinta años de silencio bajo Kádár y un legado inestable. János Rainer M., director del Instituto para la Historia de la Revolución Húngara de 1956, escribió refiriéndose a 1989 que él “nunca había pensado que se cuestionaría la propia naturaleza de la revolución”. Una de las formas en las que se está librando esta batalla por el legado del 56 es a través de los monumentos de Budapest.

A toro pasado

Las revoluciones políticas siempre han intentado controlar la interpretación del pasado y Hungría ha sido testigo de unas cuantas durante el siglo XX. Con cada una de ellas, llegaba una nueva versión de la Historia y surgían nuevos monumentos.

A Imre Nagy, líder de la revolución de 1956, se le enterró en la Plaza de los Héroes en 1989, después de pasar 30 años en una tumba anónima. Antes de la revolución de 1918, la plaza estaba rodeada por estatuas de catorce reyes pero cuando se desató la revolución, fueron reemplazadas por una gran estatua de Marx abrazando a dos trabajadores. Sin embargo, con la contrarrevolución de 1919, se quitó la estatua de Marx y reaparecieron los catorce reyes. Como peones de ajedrez, volvieron a evaporarse con el ascenso comunista al poder tras la Segunda Guerra Mundial. El nuevo enterramiento de Nagy y los posteriores monumentos en su honor crearon una nueva versión del pasado.

Tras 1956, una incómoda complicidad reinaba entre una población que disfrutaba de un buen nivel de vida y de un gobierno que no toleraba discrepancias políticas. István Rév, profesor de Historia y ciencias políticas en la Universidad Central Europea dice que “hablar sobre Nagy habría significado reconocer la naturaleza ilegítima del régimen.”

Gábor Németh, escritor y editor de la revista literaria Litera-hu, nos cuenta una anécdota para ilustrar la situación. Durante los años de silencio, un cómico solía cantar las bolas del bingo durante su espectáculo, con todo el palique característico. En un momento determinado, sacaba el número 56. Lo miraba avergonzado y lo devolvía directamente al bombo. El público se reía nervioso.

El terror habla

En 1989, el comunismo se vino abajo y el pueblo empezó a hablar. El Museo de la Casa del Terror desempeña un papel predominante en la revelación de los acontecimientos sobre secuestros y represión política de los regímenes soviético y nazi. Su directora afirma que muestran las caras de aquéllos que son culpables. Al entrar en la primera sala, se escucha música clásica en dos enormes pantallas, una a cada lado de la habitación. En la primera, se muestran imágenes del terror nazi; frente a Hitler, imágenes de Stalin y la Plaza Roja parpadean como una parodia inánime. Con el equívoco de los dos periodos de terror, se elimina la experiencia húngara de complicidad con el régimen de Kádár y el comunismo.

¿Revolución reformista?

Para la derecha húngara, la lección aprendida en 1956 es simple: incluso aceptando que el hecho de que Nagy fuera reformista, un hombre reacio a acabar con el comunismo, su propia ejecución demuestra que la democracia y el comunismo es una combinación imposible.

El legado de los socialistas es diferente. El gobierno de Kádár había denominado los hechos de contrarrevolucionarios. En 1989, ya se había convertido en un “levantamiento popular” en palabras del partido en el poder. Con el segundo entierro de Nagy, se posicionaron como los herederos de 1956. Tal opinión la representan muchas de las estatuas que se muestran hoy.

Las botas de Stalin

En Hungría, las estatuas no sólo representan la Historia, literalmente, forman parte de ella. En 1956, los manifestantes derribaron una estatua de Stalin y la usaron como barricada contra los tanques soviéticos. Lo único que quedó de Stalin fueron las botas. Hoy en día, hasta las botas han desaparecido y en su lugar se alza la nueva estatua conmemorativa.

La estatua en honor a 1956 supone también una forma de controlar el pasado, como ocurría con aquellas antiguas estatuas de Marx. Cada nueva versión silencia la anterior. Kádár nunca pronunció el nombre de Nagy, la Casa del Terror elimina parte de la participación húngara con el comunismo, la nueva estatua pretende que las botas de Stalin nunca hubiesen estado allí…

“El pasado nunca se muere. Ni siquiera es pasado”, escribe Faulkner. La cuestión es: ¿cómo se convive con él? Incluso hoy en día, Hungría no ha descubierto cómo vivir con los fantasmas de 1956.

Agradecimiento a Zsuzsa y Judit

Translated from Stalin's jackboots