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La política económica a debate

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Muy pronto, para el ciudadano europeo la culpa de los problemas económicos será de Bruselas y no de sus respectivos gobiernos nacionales. La economía ha pasado al epicentro del debate electoral.

La Constitución Europea está a punto de firmarse. Con ella, además, estaremos dentro del marco de una Europa ampliada a veinticinco miembros. Es decir, una Unión que no sólo acoge diferentes países con diferentes niveles de desarrollo económico, sino que alberga en su seno concepciones divergentes sobre qué hacer con nuestra economía. Parece, sin embargo, que se nos olvida que el núcleo fundamental de la construcción europea fue, y aún es, “el mercado común”. Cuando diez nuevos países se integran en la Unión, al menos en una primera fase, lo hacen en una economía, pero más básicamente, en un mercado que tendrá una dimensión planetaria: 450 millones de consumidores.

La lucha política actual reside en desplazar la concepción social o cívica de la economía, desde las estructuras estatales tradicionales hacia el marco de poder europeo. Los gobiernos excusan sus recortes sociales y sus rígidas políticas presupuestarias en las exigencias europeas. Pero el ciudadano no puede decidir en la política económica de Europa. Parece, pues, que el ámbito de decisión económica se aleja cada vez más de la dimensión política para perderse por los meandros impersonales de técnicos y tratados europeos intocables, con principios sacralizados como el “déficit 0”.

La política económica a debate

Con el horizonte de las elecciones europeas a la vista, los partidos políticos perfilan sus candidatos, pero ¿dónde están sus propuestas diferenciales en materia económica? El debate de www.cafebabel.com en Bruselas el pasado 1 de abril reunió a jóvenes representantes de los principales partidos europeos. Los diferentes planteamientos se identifican más con intenciones programáticas abstractas que con criterios de acción concretos. Los partidos de cariz socialdemócrata nos dicen el qué, pero no el cómo se puede hacer una política social y construir una Europa sensible a las imperfecciones sociales de una economía liberal. No decir el cómo nos sume en el estatismo, no apela a una acción reformista o redirectora de los últimos procesos que nos van a conducir a la construcción europea, sino que sume sus intenciones en el charco de la impotencia.

La corriente arrolladora anónima, la jaula de hierro burocrática de Max Weber que puede llegar a ser la UE y sus técnicos, convertirá en única la posibilidad de una política económica. Los procesos de liberalización dejan intersticios para tener en cuenta a los ciudadanos y plantear políticas sociales de empleo desde Europa. Pero la descoordinación y la abstracción pueden hacer perder este último tren.

Así, los jóvenes conservadores del YEPP, según Arnt Kennis, vicepresidente de dicho grupo, identifican la salud del empleo con una salvaguarda estatal del crecimiento económico mediante la estabilidad presupuestaria y la estimulación de las condiciones para la inversión. Todos los Estados deben cumplir el Pacto de Estabilidad. Los Verdes, por su parte, nos plantean por boca de Jacoppo Moccia, los peligros de un proceso de “globalización” (¿y qué es, si no, la UE?) en el que los Estados, como garantes de las políticas sociales, pierden peso. La ecología debe entrar en la UE como un valor añadido con espacio en los presupuestos de I+D, impulsándose una legislación que favorezca el desarrollo de tecnologías eco-eficientes. La lucha frente al “dumping” social, así como la creación de empleo inmune a la “deslocalización”, deben estar en la base de las políticas económicas y de empleo. Los liberales del LYMEC, a través de su tesorero Aloys Rigaut, plantean la UE como un espacio de libre comercio, con libertad de movimientos de personas y capitales, con un desarrollo más amplio de las privatizaciones en sectores como el gas o la energía y un impulso al desarrollo económico mediante ayudas al I+D. Las políticas sociales, para este grupo, deben ser competencia de cada uno de los Estados miembros. Cabría preguntarse si puede existir una economía realmente liberal y única con diferentes condiciones sociales según países.

Ief Janssens, vicepresidente de ECOSY, el grupo de los jóvenes socialistas, expone su preocupación por las diferencias en los porcentajes de desempleo entre unas y otras zonas de la UE. La lucha contra este desequilibrio, mediante acciones específicas según colectivos, debe estar en consonancia con el desarrollo y crecimiento económicos liberales. La sociedad de la información debe ser la base de una sociedad europea del empleo y se deben adoptar medidas legislativas contra la precariedad laboral, especialmente en lo referente a la población joven en el periodo de transición de la educación a la incorporación al mercado laboral.

Los dos niveles de Europa

En resumen, parece clara la diferencia entre quienes ven la UE como un mero instrumento de impulso y desarrollo económico, dejando los aspectos sociales como competencias de los Estados (conservadores y liberales), y quienes apuestan por una UE no sólo económica, sino social (verdes y socialistas). Los conservadores tiene a su favor que los procesos de liberalización y globalización económicos son automáticos y en Europa tienen una inercia imparable. En cambio, la globalización de los derechos sociales y ecológicos son etapas lentas y costosas, y van a remolque de los virulentos movimientos económicos. El esfuerzo de coordinación trasnacional de sindicatos y partidos socialdemócratas en la UE es vital si, los que defienden un crecimiento armónico de la economía, pretenden construir una verdadera ciudadanía europea más allá del mero concepto de “mercado común” que por ahora nos une.